No escribo este artículo desde la teoría ni desde la superioridad moral. Lo escribo desde la experiencia. Antes de mi reversión a la fe católica, junto con mi esposa, incursioné durante algunos meses en la plataforma OnlyFans. No fue una etapa larga, pero fue más que suficiente para comprobar, en carne viva, que los datos que hoy circulan no son exageraciones ideológicas, sino el reflejo frío de una realidad profundamente deshumanizante.
Entramos creyendo una narrativa que hoy reconozco como una mentira cuidadosamente diseñada: la idea de que la sexualización del cuerpo puede convertirse en independencia económica. Que basta con “poner límites”, subir contenido y administrar suscripciones. Pero esa ficción se desmorona muy rápido cuando uno entra en el sistema real.
Cuando los datos tienen rostro y experiencia
Según Save the Children España, alrededor del 30 % de los jóvenes entre 18 y 21 años considera que plataformas como OnlyFans son una fuente legítima de ingresos y que allí se gana mucho dinero. Esta percepción no surge de la nada. Está alimentada por titulares, por influencers y por una estética de éxito permanente que no representa a la inmensa mayoría.
Los datos reales son contundentes: solo el 0,1 % de los creadores concentra aproximadamente el 76 % de todos los ingresos de OnlyFans. La gran mayoría no vive de esto. Los ingresos medianos rondan los 150–170 dólares mensuales, y una parte enorme de las cuentas activas no alcanza ni cifras simbólicas.
Pero hay algo que las estadísticas no siempre logran transmitir: la presión constante. La sensación de que nunca es suficiente, de que siempre hay que ofrecer más, ir más lejos, ceder un poco más si se quiere retener o aumentar suscriptores. El sistema no premia la dignidad ni el límite; premia la transgresión progresiva.
Todo está permitido… si genera dinero

Uno de los datos más reveladores es que cerca del 70 % de los ingresos de OnlyFans proviene de los mensajes privados, no de las suscripciones básicas. Esto significa disponibilidad constante, personalización, simulación de intimidad y una lógica clara: cuanto más cruzas tus propios límites, más ganas.
Esto lo viví directamente. No es “subir fotos y ya está”. Es responder, mantener atención, sostener expectativas ajenas y adaptarse a demandas cada vez más explícitas. El sistema empuja, de forma estructural, a borrar cualquier frontera moral. No porque alguien te obligue explícitamente, sino porque el algoritmo y el mercado penalizan al que se detiene.
Desde la fe católica, esto es gravísimo. El cuerpo humano no es una herramienta económica ni una mercancía ajustable a la demanda. El cuerpo es parte constitutiva de la persona, y reducirlo a producto es una forma moderna de esclavitud consentida.
Estados Unidos: el epicentro del modelo
No es casualidad que Estados Unidos concentre la mayor parte de los creadores y del dinero que se mueve en OnlyFans. Allí se encuentra la base principal de usuarios, de suscriptores y de creadores de alto rendimiento. El modelo responde perfectamente a una lógica profundamente estadounidense: hiperindividualismo, éxito financiero como medida de valor y mercado sin límites morales.
En EE. UU., la narrativa del “self-made success” se mezcla con la industria del entretenimiento sexual, creando la ilusión de que cualquiera puede triunfar si “se esfuerza lo suficiente”. Pero los datos muestran lo contrario: una élite mínima se lleva casi todo, mientras miles de personas exponen su intimidad a cambio de ingresos precarios y temporales.
Además, muchos de los grandes casos de éxito en OnlyFans ya eran famosos previamente: influencers, actrices, figuras públicas con una audiencia consolidada fuera de la plataforma. No son el modelo replicable que se vende a jóvenes sin capital social, sin red y sin experiencia.
Una lectura desde la conversión y la verdad
Mi conversión a la fe me permitió mirar atrás con claridad. Comprendí que aquello que se nos vendía como libertad era, en realidad, una nueva forma de dependencia: del deseo ajeno, del algoritmo, del dinero rápido y de una identidad construida desde la mirada del consumidor.
La Doctrina Social de la Iglesia enseña que la economía debe estar al servicio de la persona humana y del bien común, no al revés (cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 331). Cuando un modelo económico se sostiene sobre la cosificación, la ilusión y la desigualdad extrema, no puede considerarse moralmente legítimo, aunque sea legal.
Cristo no vino a enseñarnos a monetizarlo todo, sino a recuperar la verdad sobre quiénes somos. Y la verdad es esta: no hay independencia económica cuando el precio es la pérdida de la dignidad.
Conclusión: hablar es una obligación moral
Escribo este artículo porque callar sería una forma de complicidad. Porque sé, por experiencia propia, que este sistema se alimenta de silencios, de medias verdades y de testimonios excepcionales amplificados como norma.
Desmontar la mentira de OnlyFans no es atacar personas. Es defender a quienes aún creen que ahí encontrarán libertad y solo hallarán presión, exposición y vacío. La Iglesia tiene el deber profético de decir lo que muchos prefieren ocultar: no todo lo rentable es justo, y no todo lo voluntario es bueno.
La verdadera libertad no se compra por suscripción. Se encuentra en la verdad.
Fuentes
Estudios demográficos de creadores y usuarios en Estados Unidos.
Save the Children España, Informes sobre juventud, sexualización y plataformas digitales (2024–2025).
RTVE Noticias, “Uno de cada tres jóvenes en España ve legítimo ganar dinero vendiendo contenido sexual”.
La Vanguardia, “La normalización de OnlyFans entre los jóvenes”.
Finance Yahoo, estudios sobre distribución de ingresos y monetización en OnlyFans.
Influencer Marketing Hub, estadísticas de ingresos medios en plataformas de suscripción.
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Pontificio Consejo Justicia y Paz.



