En las últimas horas, las redes sociales y los pasillos de Washington han estallado tras el tenso intercambio en la Comisión de Libertad Religiosa de la Casa Blanca. Ver a Carrie Prejean Boller ser interrumpida y presionada por el vicegobernador de Texas, Dan Patrick, por el simple hecho de afirmar una verdad teológica básica, no solo es indignante, sino revelador. Al decir «soy católica y los católicos no abrazamos el sionismo», Carrie no solo se estaba defendiendo a sí misma; estaba defendiendo la coherencia de nuestra fe.

Como católico: Estoy con Carrie. Y estoy con ella porque la Iglesia, en su sabiduría de dos milenios, nos ha enseñado a distinguir entre la fe y la ideología política, entre el Israel bíblico y el Estado moderno de 1948.

El Sionismo no es un dogma de fe

La confusión reinante, impulsada en gran parte por el «sionismo cristiano» de corte evangélico-protestante, intenta equiparar el apoyo al Estado de Israel con la fidelidad a Dios. Para un católico, esto es un error teológico grave.

El Magisterio de la Iglesia es claro. Si bien el Concilio Vaticano II, en su declaración Nostra Aetate, condenó de forma irrevocable el antisemitismo —y todo católico debe rechazar el odio al pueblo judío como un pecado mortal—, esto no implica una aceptación teológica del sionismo político.

Como bien señaló el Padre Francisco J. Delgado en el debate que ha surgido en X, para los católicos, el moderno Estado de Israel no es el cumplimiento de las promesas mesiánicas. La Iglesia Católica enseña que las promesas de Dios a Abraham y a los profetas encuentran su cumplimiento definitivo en Jesucristo. Como dice San Pablo en Gálatas (3, 28-29), «ya no hay judío ni griego… pues todos sois uno en Cristo Jesús». La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, abierta a todas las naciones.

Por tanto, creer que el Estado secular fundado en 1948 es una entidad teológicamente necesaria o profética no forma parte de nuestra doctrina. El Vaticano reconoció al Estado de Israel en 1993, pero lo hizo mediante un acuerdo diplomático y político (el Acuerdo Fundamental), reconociéndolo como una entidad sujeta al derecho internacional, no como un mandato divino que exija nuestra lealtad religiosa.

Ser Pro-Vida es defender toda vida

Carrie Prejean Boller tocó una fibra sensible y necesaria al vincular su postura con su identidad Pro-Vida. «Mi conciencia católica y mi postura pro-vida me impiden apoyar el asesinato masivo», dijo.

Esta es la coherencia que a menudo falta en la política conservadora actual. No se puede ser «Pro-Vida» en Estados Unidos y mirar hacia otro lado cuando se trata de la vida de los cristianos y civiles en Gaza o Cisjordania. La Doctrina Social de la Iglesia nos exige estar del lado de los vulnerables, de los que sufren injusticias y de las víctimas de la guerra, independientemente de su etnia.

El Papa Francisco y sus predecesores, desde San Juan Pablo II hasta Benedicto XVI, han abogado consistentemente por la paz, la justicia y la solución de dos estados, denunciando los muros y la violencia desproporcionada. Apoyar ciegamente una ideología nacionalista extranjera que, en su aplicación práctica, ha llevado al sufrimiento de miles de inocentes (incluidos nuestros hermanos cristianos palestinos), es incompatible con la ética de la vida.

La verdadera libertad religiosa

Lo que ocurrió en esa audiencia es un ataque a la libertad religiosa disfrazado de defensa contra el antisemitismo. Intentar forzar a un católico a jurar lealtad al sionismo bajo la amenaza de ser etiquetado de antisemita es una forma de coerción ideológica.

El sionismo es un movimiento político nacionalista surgido en el siglo XIX; el catolicismo es la fe universal fundada por Cristo. No permitiremos que políticos que desconocen nuestra teología nos dicten qué debemos creer para ser considerados «buenos ciudadanos».

Hoy, más que nunca, necesitamos la valentía de decir: Respetamos al pueblo judío, oramos por la paz en Tierra Santa, pero nuestra lealtad teológica es solo a Cristo Rey, y nuestra lealtad política es al bien común y la justicia, no a una bandera extranjera.

Gracias, Carrie, por recordarnos que la conciencia católica no se vende ni se alquila.

Fuentes:

El Catecismo (Art. 676): Rechaza el «milenarismo», es decir, la idea de falsificar el Reino de Dios a través de una estructura política terrenal.

El Documento Clave (Vaticano, 2015): La Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo declaró explícitamente: «El Estado de Israel no es una realidad teológica para los cristianos, sino una entidad política sujeta al derecho internacional».

La Biblia (San Pablo – Gálatas 3, 28): «Ya no hay judío ni griego… todos sois uno en Cristo». La Iglesia enseña que la «Tierra Prometida» es ahora el Reino de los Cielos, no un territorio físico.

La Diplomacia (Acuerdo Fundamental, 1993): El Vaticano reconoció a Israel legalmente (políticamente), pero nunca validó el sionismo como doctrina religiosa.

El Concilio (Nostra Aetate): Condena el antisemitismo (odio a las personas), pero jamás menciona ni pide lealtad al Estado de Israel.

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