La civilización que pide perdón por su propio origen se prepara para ser sustituida. Cuando una nación o un pueblo reniega de las raíces que lo hicieron grande, pierde el marco moral desde el cual interpretar el presente y defender su identidad. Esto no es mera retórica histórica: es un síntoma de una batalla mucho más profunda, una confrontación espiritual que hoy se manifiesta tanto en las declaraciones de Felipe VI sobre Isabel la Católica como en los bombardeos que sacuden Medio Oriente.
La transcripción del episodio de Inquebrantables toca con crudeza dos realidades inseparables: el envenenamiento de la memoria hispánica mediante la leyenda negra y la escalada bélica entre Estados Unidos, Israel e Irán. Ambas no son fenómenos aislados. Ambas revelan cómo el enemigo de las almas busca borrar el nombre de Cristo de la historia y de la conciencia de los pueblos.
La leyenda negra: un ataque a la identidad católica de Hispanoamérica
Felipe VI, en un acto que muchos interpretan como diplomático pero que constituye un posicionamiento ideológico, reconoció “mucho abuso” y “controversias morales y éticas” durante la presencia española en América, aludiendo a las directrices de los Reyes Católicos y a las Leyes de Indias. Con ello, sin pretenderlo o pretendiéndolo, dio oxígeno a la leyenda negra: esa narrativa forjada en siglos pasados por protestantes, ilustrados y enemigos de la fe que pinta la evangelización de América como un genocidio sistemático y la Corona española como opresora cruel.
La Iglesia nunca ha negado los pecados de sus hijos. El propio Catecismo de la Iglesia Católica y el Magisterio han reconocido abusos cometidos por hombres concretos, movidos por codicia o violencia. Sin embargo, la verdad histórica es más compleja y luminosa. Isabel la Católica impulsó la evangelización con un afán misionero explícito: trató a los indígenas como vasallos libres, promovió matrimonios mixtos, dictó leyes protectoras y financió la obra de misioneros que defendieron su dignidad. Bartolomé de las Casas, fray Antonio de Montesinos y tantos otros alzaron la voz precisamente porque la doctrina católica —fundada en la imagen de Dios en todo hombre— lo exigía.
“Se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios”, reconoció el papa Francisco en Bolivia (2015), pidiendo perdón. Pero añadió: “Donde hubo pecado, sobreabundó la gracia” a través de aquellos que predicaron el Evangelio con la cruz y no con la espada. La conquista no fue perfecta, pero dio como fruto una civilización mestiza impregnada de fe católica, universidades, derecho, lengua y sacramentos. Compararla con otras conquistas de la historia – incluidas las inglesas en Norteamérica – revela que el saldo evangelizador y civilizador de España fue inigualable.
Cuando un rey de España, heredero de esa tradición, se inclina ante la narrativa de la culpa permanente, contribuye a la descristianización cultural. Una sociedad que ve su origen como pecado pierde confianza en sí misma, abandona su identidad y se hace vulnerable a ser reconfigurada desde fuera. Esto no es historia pasada: es el mismo mecanismo que hoy opera en Occidente para erosionar la fe cristiana.
“La confusión siempre favorece a quien tiene más capacidad de influir”, se afirma en la transcripción. Exacto. La leyenda negra genera confusión para que los pueblos hispánicos duden de su herencia católica y terminen sirviendo a ideologías secularizadas o a poderes que desprecian a Cristo.
La guerra en Medio Oriente: no solo geopolítica, sino espiritual
El episodio conecta acertadamente este ataque a la memoria con el conflicto actual entre Estados Unidos, Israel e Irán. Lo que muchos presentan como mera disputa por recursos, hegemonía o seguridad nuclear es, en su raíz, una guerra espiritual.
El judaísmo sin Cristo es una herejía incompleta que espera un Mesías político y sueña con reconstruir el Tercer Templo para reanudar sacrificios ya superados por el Sacrificio único de Cristo en la Cruz (Heb 10,1-18). El islam niega la divinidad de Jesucristo y ve en la yihad una forma de sometimiento. Ambas visiones, aunque con diferencias profundas, rechazan la plenitud de la Revelación en el Nuevo Testamento.
El Catecismo de la Iglesia Católica (CEC 2307-2317) enseña con claridad: el quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. Toda guerra trae males e injusticias; por eso la Iglesia urge a evitarla y a trabajar por la paz. Solo en caso extremo de legítima defensa, agotados todos los medios pacíficos y cumpliendo estrictas condiciones (daño grave y cierto del agresor, proporcionalidad, serias probabilidades de éxito y que no se causen males mayores), puede considerarse moralmente lícita la defensa armada.
Ni la “guerra preventiva” ni las escaladas indiscriminadas que hoy observamos cumplen plenamente esos criterios. La primera víctima de toda guerra es la verdad, y después los más débiles: cristianos perseguidos o desplazados en la región, familias destrozadas, inocentes bajo bombas. En nombre de profecías mal interpretadas (dispensacionalismo protestante que confunde el Israel bíblico con el Estado moderno) o de fanatismos radicales, se arrastra a pueblos enteros -incluidos muchos cristianos en las fuerzas armadas – a un conflicto que no es el suyo.
San Agustín y Santo Tomás distinguieron claramente entre la paz verdadera, que es obra de la justicia y la caridad, y la falsa paz del dominio. Hoy, como en la transcripción se recuerda con la oración a San José, se necesita humildad: reconocer que ni los líderes ni los analistas poseen la sabiduría divina. Solo Dios puede tocar corazones soberbios llenos de odio.
La Iglesia, fiel al Magisterio, no se alinea con bloques políticos ni con herejías. Reconoce “perlas de verdad” en otras religiones (Nostra Aetate, Vaticano II), pero afirma sin ambages que la salvación plena está en Cristo y en su Iglesia. El pueblo elegido hoy es la Iglesia, cuerpo místico de Cristo (cf. Rom 11; CEC 839-840). Esperar un Tercer Templo físico como cumplimiento profético equivale a ignorar que Cristo mismo es el Templo nuevo (Jn 2,19-21) y que los sacrificios levíticos han sido abrogados.
Llamado a la humildad y al discernimiento
La oración a San José con la que inicia el episodio es providencial: “Enséñanos, José, cómo se es grande sin exhibirse… cómo se sirve sin mirar a quién… cómo se alcanza la gloria desde el silencio”. En medio de propaganda, narrativas enfrentadas y exceso de información, los católicos estamos llamados a discernir, no a alinearnos ciegamente.
No se trata de elegir bando entre herejías, sino de permanecer en Cristo. La guerra espiritual se gana con la humildad que reconoce el pecado propio, la verdad histórica sin autoflagelación y la primacía de la paz evangélica sobre toda ideología.
Que la Virgen María, Reina de la Paz, y San José, protector de la Iglesia, intercedan para que cese la violencia en Medio Oriente, se restaure la memoria justa de nuestra historia hispánica y los pueblos vuelvan a reconocer a Cristo como Rey.
Fuentes
- Catecismo de la Iglesia Católica (CEC 2307-2317; 839-840).https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s2c2a5_sp.html
- Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II (28 octubre 1965).https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html
- Discurso del papa Francisco en Bolivia (9 julio 2015), sobre pecados durante la conquista.https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2015/july/documents/papa-francesco_20150709_bolivia-movimenti-popolari.html
- Documentos históricos sobre Isabel la Católica y las Leyes de Indias (Archivo General de Indias y crónicas misioneras).





