En tiempos de profunda confusión política, donde los candidatos parecen competir en grados de maldad y el pragmatismo amenaza con devorar la conciencia, el católico no puede permitirse la neutralidad ni la claudicación. Eduardo Verástegui ha propuesto un ejercicio claro y valiente que hoy ampliamos con rigor doctrinal: una brújula que no se basa en encuestas ni en cálculos electorales, sino en la fidelidad inquebrantable a Cristo Rey. Porque la política no es un fin en sí misma; es un ámbito de la vida temporal que debe ordenarse al bien común y, en última instancia, a la salvación eterna.
EJERCICIO: CÓMO VOTAR CUANDO TODAS LAS OPCIONES SON MALAS
— Eduardo Verástegui (@EVerastegui) April 8, 2026
Paso 1: Fundamento
Antes de ver candidatos, pregúntate:
¿Mi lealtad está en Dios o en un partido?
¿Busco la verdad o solo ganar?
Sin esto, todo lo demás se corrompe.
Paso 2: Principios no negociables
Define con claridad…
El fundamento irrenunciable: lealtad a Dios, no a partidos
Antes de mirar un solo nombre en la boleta, el católico debe examinar su corazón. ¿Mi lealtad primera está en Dios o en una sigla partidista? La Sagrada Escritura es contundente: “Nadie puede servir a dos señores” (Mt 6, 24). El Catecismo de la Iglesia Católica lo recuerda con nitidez: la autoridad política viene de Dios y debe ejercerse según su ley (CEC 1899-1900). Cuando un católico coloca la victoria de un partido por encima de la verdad moral, ya ha caído en idolatría.
El Magisterio lo ha repetido sin ambigüedad. León XIII, en Immortale Dei (1885), enseñó que la sociedad civil no puede erigirse como si Dios no existiera. Y san Pío X, en la encíclica Notre charge apostolique (1910), condenó todo intento de separar la política de la ley moral cristiana. Hoy, en medio de la confusión, el primer paso no es estratégico: es de conversión. Sin este fundamento, todo discernimiento posterior se corrompe.
Los principios no negociables: la línea roja de la fe
No hay relativismo posible cuando se trata de los bienes fundamentales. La vida humana inocente, la familia constituida en matrimonio entre hombre y mujer, la libertad religiosa verdadera y la dignidad inviolable de la persona son principios no negociables. El papa san Juan Pablo II lo dejó grabado en Evangelium Vitae (1995): “No se puede votar a favor de una ley que contenga una disposición injusta, sobre todo cuando se trata de una ley que atenta contra la vida humana inocente” (n. 73).
El Catecismo es igualmente claro: “Una autoridad humana no puede obligar en conciencia cuando se opone a la ley divina” (CEC 1903). Quien vote por un candidato que promueva el aborto, la eutanasia, el ataque a la familia natural o la ideología de género, no está ejerciendo un “mal menor”: está cooperando formalmente con el mal. Aquí no cabe el “depende” ni el “en mi país es diferente”. La verdad moral es universal.
Discernimiento sin fanatismo: analizar el mal concreto
Ante cada candidato, el católico debe preguntar con frialdad evangélica: ¿promueve el mal intrínseco? ¿Lo tolera pasivamente? ¿Busca limitarlo? ¿O lo combate con obras y no solo con palabras? Este análisis no es fanatismo; es ejercicio de la virtud de la prudencia, que santo Tomás de Aquino definió como “recta razón en las cosas que deben hacerse” (Summa Theologiae, II-II, q. 47).
No se trata de exigir perfección imposible en un mundo caído, pero tampoco de justificar el pecado. El papa Benedicto XVI, en Deus caritas est (2005), advirtió que la caridad sin verdad se convierte en sentimentalismo vacío. Por eso, el católico escribe, anota y confronta los hechos. No se deja llevar por emociones ni por lealtades tribales.
El peligro del pragmatismo: la tentación de justificar el mal
Aquí radica la trampa más peligrosa de nuestro tiempo: llamar “estrategia” a lo que en realidad es cobardía moral. Apoyar un mal porque “el otro es peor” no transforma el mal en bien. La cooperación con el mal, aunque sea material y con intención de limitarlo, exige una justificación gravísima y nunca puede convertirse en aprobación.
El Catecismo lo explica sin rodeos: “El fin no justifica los medios” (CEC 1753). Y la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (2002), fue explícita: los principios no negociables no admiten compromiso. Quien los traiciona por “realismo político” está traicionando su propia fe.
La clave moral: la intención no basta
La buena intención nunca absuelve un acto intrínsecamente malo. Votar por un candidato que promueve el aborto “para limitar el daño” sigue siendo cooperación con el mal si se aprueba su programa en ese punto. Puede ser tolerable, en casos extremos y con conciencia recta, votar para contener un mal mayor, pero nunca justificándolo ni llamándolo “bien”.
San Agustín lo vio con claridad en La Ciudad de Dios: los cristianos viven en la ciudad terrena, pero su patria es la celestial. No pueden confundir lo temporal con lo eterno.
La decisión prudencial: tres caminos en conciencia
Ante un panorama de opciones todas imperfectas, el católico puede:
- Votar para limitar el daño mayor, siempre sin aprobar el mal.
- No votar, si ninguna opción respeta los principios fundamentales.
- Votar como testimonio profético, aunque sea simbólico.
Ninguna de estas opciones es “neutral”. Todas exigen dar razón de la esperanza que llevamos (1 Pe 3, 15).
Después del voto: la lucha continúa
El deber del católico no termina en la urna. Denunciar el mal, negarse a justificar al candidato elegido cuando este yerra, y seguir trabajando por el bien integral: esa es la verdadera fidelidad. El “mal menor” nunca se convierte en bien. Sigue siendo mal. Y un católico no negocia con la verdad.
En esta hora de confusión, la Iglesia nos llama a ser sal y luz (Mt 5, 13-14). No a ser cómplices del mundo. Eduardo Verástegui nos ha recordado una verdad incómoda pero liberadora: no se trata de ganar elecciones, sino de no perder el alma.
Fuentes
- Verástegui, Eduardo (2026). Ejercicio: Cómo votar cuando todas las opciones son malas. X (Twitter), 8 de abril. https://x.com/everastegui/status/2042025836593795182
- Catecismo de la Iglesia Católica (1992). Librería Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html
- Juan Pablo II (1995). Evangelium Vitae. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html
- León XIII (1885). Immortale Dei. https://www.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_01111885_immortale-dei.html
- Congregación para la Doctrina de la Fe (2002). Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20021124_politica_sp.html





