¿Por qué este testimonio incomoda?
Decidí escribir este artículo porque hay testimonios que el mundo moderno tolera… y otros que no perdona.
Este pertenece a la segunda categoría.
El relato que aquí presento no surge de una opinión teórica ni de un debate académico. Se desprende de un episodio de Inquebrantables, un podcast que conduzco, donde un invitado decidió hablar sin filtros sobre su conversión del pecado de la homosexualidad al catolicismo. No para agradar, no para justificarse, sino para dar gloria a Dios.
Y precisamente por eso incomoda.
Vivimos en una época donde se aplaude el pecado mientras se persigue la conversión; donde se celebra la identidad construida sobre el deseo, pero se condena al que decide morir a sí mismo para vivir en Cristo. Este texto no busca tranquilizar conciencias ni suavizar la doctrina de la Iglesia. Busca exponer una verdad olvidada: la conversión cristiana es real, es posible y exige renuncia.
La mentira fundacional: “así naciste”
El testimonio que escuché —y que ahora narro— comienza como tantos otros en nuestra época: confusión, relativismo moral, ideología disfrazada de compasión. Desde joven, el entrevistado fue absorbido por un ambiente donde la identidad sexual se presentaba como destino inamovible y donde cualquier cuestionamiento era visto como odio.
La política, la universidad, los discursos progresistas y el consenso cultural repetían una misma consigna: “No hay verdad, solo experiencias. No hay pecado, solo opciones”. Y, sin embargo, algo no encajaba.
Porque el alma no se alimenta de consignas.
El vacío interior, la ansiedad constante y la incapacidad de encontrar paz revelaban una verdad incómoda: el deseo no salva. La ideología promete liberación, pero entrega esclavitud. Y cuando el pecado se normaliza, deja de ser visto como herida… hasta que el alma empieza a sangrar.
El choque con la verdad: cuando Dios deja de ser decorativo
La conversión no comenzó con una emoción, sino con una ruptura interior. El entrevistado llegó a una constatación que hoy resulta casi herética: algo está objetivamente mal.
Aquí es donde el mundo moderno se quiebra. Porque el relativismo puede tolerar el pecado, pero no soporta el arrepentimiento. Puede aplaudir la caída, pero no perdona el levantarse.
El encuentro con la doctrina católica —no diluida, no “pastoralizada”, sino íntegra— fue el punto de inflexión. La Iglesia no le ofreció excusas, le ofreció verdad. No le dijo “Dios te ama tal como estás”, sino lo que Cristo dijo desde el principio:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Lc 9,23).
Negarse a sí mismo. Esa es la frase que el mundo odia.
Conversión no es identidad, es combate
Uno de los errores más graves de nuestra época es confundir identidad con pecado. La Iglesia nunca ha enseñado que el ser humano es su inclinación desordenada. Enseña exactamente lo contrario: el hombre es criatura de Dios, llamado a la santidad, incluso —y especialmente— en la lucha.
El Catecismo es claro y sin ambigüedades:
“Los actos de homosexualidad son intrínsecamente desordenados… No pueden recibir aprobación en ningún caso” (CIC 2357).
Y añade, con una claridad que el mundo ignora deliberadamente:
“Las personas homosexuales están llamadas a la castidad… mediante virtudes como el dominio de sí, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (CIC 2359).
Eso fue exactamente lo que ocurrió. La conversión no fue mágica ni instantánea. Fue una decisión consciente de romper con el pecado, sostenida por la gracia, los sacramentos, la penitencia y la disciplina espiritual.
Aquí no hay discurso terapéutico ni psicologismo barato. Hay combate espiritual.
Lo que el mundo no soporta: que alguien salga del pecado
Nada genera más odio que un converso coherente. Porque su sola existencia destruye el dogma moderno de que “nadie cambia” y de que “todo deseo es legítimo”.
San Pablo ya lo había advertido con brutal claridad:
“No se engañen: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los afeminados, ni los sodomitas heredarán el Reino de Dios. Y esto eran algunos de ustedes; pero han sido lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesús” (1 Co 6,9–11).
El problema no es que la Iglesia llame pecado al pecado. El problema es que siga creyendo en la conversión.
Conclusión: la conversión como escándalo permanente
Este testimonio no es una excepción. Es una prueba. Una prueba de que la gracia actúa, de que la verdad libera y de que la Iglesia —cuando no traiciona su doctrina— sigue siendo hospital para pecadores, no cómplice del pecado.
El mundo moderno no persigue la homosexualidad. Persigue la conversión.
Porque la conversión demuestra que el hombre no está condenado a sus pasiones, sino llamado a algo más alto.
Y eso, hoy, es intolerable.
Fuentes
San Juan Crisóstomo, Homilías sobre Romanos
Biblia de la Iglesia Católica (73 libros)
Lucas 9,23
1 Corintios 6,9–11
Mateo 16,24
Catecismo de la Iglesia Católica
nn. 2337–2359
Padres de la Iglesia
San Agustín, Confesiones (sobre la lucha contra las pasiones)





